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Devorando a los boras

Devorando a los boras

Solo un pedazo del iceberg llamado “affaire bora” es el que conocemos desde el Perú: la animadora de televisión chilena que se refiere a un parodiado indígena bora como “lleno de piojos”; las respuestas destempladas de los periodistas locales y los calificativos lanzados de frontera a frontera; las llamadas por teléfono de un embajador y del otro disculpándose; los ecos de todos los programas de televisión, de los twitters y de los posteados de facebook en un acto tragicómico en el que todos, sin contemplaciones, se rasgan las vestiduras. Hasta la Tigresa del Oriente y la bailarina charapa Ruth Karina han llegado a expresar su indignación en Chilevisión.

Pero ¿de qué se trata todo esto? En el reality-show chileno llamado “Amazonas”, un grupo de actores y actrices del Mapocho vienen a realizar eso que ahora se llama “turismo vivencial” con un grupo bastante aculturado de la comunidad bora. Uno de ellos, Aroldo Miveco, tuvo un romance efímero con una de las “más deseadas mujeres chilenas”, Constanza Varela, y esto implicó toda una suerte y cadena de seguimientos, infidelidades a través de las no-tan-candy cámaras, escenas de corazones rotos y admiración por el poderío sexual de nuestro compatriota. Por eso mismo, se le llevó a un programa de TV de Chile donde se hizo escarnio de su condición de indígena, pero además, de su condición de “peruchito”.

Nos asombra e indigna, por supuesto, pero por qué no nos indigna cuando un miembro de la Policía Nacional le grita a una mujer que en la plaza de armas de Cajamarca le pregunta desesperada, “¿por qué nos tratan así?”, y él solo le contesta con rabia escupiendo las palabras: “porque son perros conchetu…”. La visión del otro, tanto de los chilenos como de los policías en Cajamarca, no solo es de desdén y desprecio, sino, además, es de no reconocimiento de una humanidad equivalente.

Los conductores chilenos son frívolos, su posición es de una arrogancia banal, casi sin sentido, no disimulan su desconocimiento y no les importa; en cambio, la posición del policía peruano que llama perros a sus conciudadanos es de asco. El policía no puede disimular sino apenas mordiendo las palabras. Su resentimiento por encontrarse en esa ciudad alejado de su entorno, de su familia, harto de ese trabajo en el que por 13 soles extra diarios debe cuidar a la empresa extractiva, le ha formado una costra de cansancio resinosa que destila abyección. Este sentimiento se coló por la piel de muchos soldados peruanos durante el conflicto armado interno: esa sensación de que el otro no tiene humanidad, es pura biología, es apenas un cadáver en potencia. A pesar de los numerosos cursos de derechos humanos y de sensibilización hacia el otro, hoy como ayer, algunos de estos soldados o policías repiten esa posición de desconocimiento de la otredad radical de una ciudadana. ¿Adónde nos va a llevar esta ceguera?

Tomado de derechoshumanos.pe

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